Servir al projimo es hablar de Dios

Actualizado: abr 29

«Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).


Para Keila, su experiencia con la comunidad Kogui, en la Sierra Nevada de Santa Marta, ha sido un suceso que no tiene palabras como describir todo lo que vivió en aquel entonces.


"Dios tiene el control"

Ser misionero es la forma más tangible de sentir a Dios y ver sus maravillas. Es dejar todo en el terreno, sacar tus verdaderas fuerzas humanas para llegar al objetivo y sentir que cuando ya te falta el aire, te reciben con una sonrisa tímida y unos ojitos llenos de ternura.


He vivido muchas cosas, pero nunca había sentido cómo los ángeles del cielo empujaban el vehículo y nos llevaron y nos trajeron con todo el cuidado, nos ayudaron a despejar el camino tras los derrumbes que ocasionó la lluvia del día anterior, la cual Dios envió una hora después de haber llegado a nuestro destino final.


Fueron 12 horas exactas donde el trueno y la tormenta nos deleitaban y nos confirmaban el poder de Dios y su presencia con nosotros. A lo lejos se escuchaba el poder, la fuerza y la velocidad con que bajaban las intrépidas aguas del Río Don Diego, por momentos sentí temor que llegara hasta la escuela donde estábamos hospedados, la lluvia no cesaba y los rayos caían cada vez más cerca de nosotros. De repente todo se calmó y no llovió más.


"Aprendes a servir, sin importar que..."

Estar con los nativos es darte cuenta de la sencillez de la vida, de que tenemos de todo y sentimos no tener nada, mientras que ellos no tienen nada pero viven como si lo tuvieran todo, y es que lo tienen, porque tienen paz, tienen tranquilidad, tienen una sonrisa sincera que llenan tu alma de alegría, de eso que difícilmente se consigue en la comodidad de la ciudad. Aprendes a servir, sin importar qué grado de preparación tienes, te encuentras con tus ganas de ayudar, y tus problemas se desvanecen frente a sus condiciones de vida. Ver que están tan vulnerables, sensibles y expuestos a cualquier cosa, pero que Dios los protege y les provee lo que necesitan para existir.


Nos preocupamos por llenar nuestra vida de lujos, de ropa, de zapatos, de diferentes carteras y modas, pero no tenemos la felicidad que ellos sí tienen, aunque estén descalzos, sin peinarse, con un sólo vestido que cambian cuando ya ha superado los agujeros y la suciedad por haber dormido en el piso durante un buen tiempo.


Ser misionero es negarse a sí mismo y seguir el ejemplo de Jesús, que era servir a los necesitados y hacer el bien. Si estás en un momento de tu vida donde no encuentras sentido de seguir, es el momento perfecto para salir de tu zona de confort e ir a servir a aquellos que no tienen nada. No es necesario ir a otro país, o atravesar un océano, puedes ir a la localidad más marginal de tu ciudad, lleva las cosas que no uses para donarlas, una sonrisa, unos brazos dispuestos a abrazar. Una vez estando allí, te darás cuenta qué necesitas buscar para llevar la próxima vez. Solicita ayuda de los que más tienen, y los que tengan tu mismo sentir llegaran a tu vida a acompañarte y cumplir la misión, el propósito y sus planes. Dios siempre va adelante y te dará todo para iniciar y culminar la obra.


-Keila P. Ayala, Voluntaria desde 2018 (Santa Marta, Colombia)



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